6 de mayo de 2012

El debate




Cuanto más siniestros son los deseos de un político,
 más  pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje.   
Aldous Huxley.

En nuestro país, a partir de la década de los ochenta y con un breve camino en la ruta de la transición democrática, llegaron las  alternancias en distintos estados y de forma gradual, primero se dio a nivel municipal y después a nivel estatal,  contienda tras contienda y en medio de circunstancias poco favorables para los partidos opositores del régimen posrevolucionario, se fueron obteniendo algunos triunfos, muchos de ellos después de fuertes negociaciones con el régimen y otros no reconocidos, pero todos enmarcados en persecuciones e inequidad.

Alcanzar el sufragio efectivo fue resultado de que en México se viviera un panorama absolutamente contrario, en algunos aspectos, al actual, por ejemplo, para antes de 1977 únicamente había cuatro partidos, dos de ellos apéndices del PRI,  el PARM desde su fundación en 1954 hasta 1988 nunca postuló candidato propio a la presidencia, sino que se adhirió al candidato del PRI.  Ocurrió lo mismo con el  PPS, a excepción que sólo una vez había presentado, desde  su fundación en 1948, un candidato propio  a la presidencia siendo su fundador Vicente Lombardo Toledano en 1952. 

Por otro lado, el PAN, principal partido opositor, nunca fue un contrapeso ni mucho menos un desestabilizador para el régimen posrevolucionario, pero tampoco fue un satélite del PRI. Lo cual permitía en cierto sentido legitimar una carente apertura dentro de ese régimen de partido hegemónico y mostrar al exterior el rostro de un régimen democrático. 

Dando un salto sobre reformas, movimientos, elecciones y entre tantas otras situaciones que construyeron los cimientos de esta transición democrática, se generó un escenario electoral competitivo, además con la creación del Instituto Federal Electoral (IFE), así como del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (Trife) se comenzaron a definir las reglas del juego y a su vez a legitimarse la arena electoral, para un representativo sector de la población.

Al contar con obligaciones, los partidos también contaron con derechos y accesos a presupuestos públicos, todo de manera proporcional, beneficiando a los partidos más grandes. En este contexto, las campañas políticas comienzan  a tomar un papel distinto entre la sociedad, la posibilidad de acceder al poder fuera del corporativismo implantado por el PRI generó entusiasmo de tal forma que, en el año 2000 sucedió lo que todavía años antes se observaba como un sueño.

En la transición democrática, una herramienta sustancial ha sido el debate; la confrontación de posicionamientos y propuestas con el fin de persuadir al electorado, dicha actividad además  ha permitido la exposición en términos de equidad, por un par de horas,  de los personajes que contienden a un cargo público. En esa línea, cabe recordar el primer y mejor debate, para muchos, suscitado en 1994.  

La historia es my conocida, el candidato del PAN, con una peculiar y efectiva oratoria, apabulló al candidato del PRI, inclusive se ha dicho, que después de esa contundente paliza, el candidato del PAN, Fernández de Cevallos, se posicionó mejor en la preferencia electoral que su contrincante Ernesto Zedillo, y abonando a la anécdota, después de ese debate el panista se aleja de la escena política por varias semanas, porque la idea era ganar un debate, no la presidencia.

Siendo verdadera o falsa la anécdota, el hecho es que los debates definitivamente tienen un impacto mediático, mayor que cualquier otra actividad de campaña, sin contar claro, con alguna circunstancia coyuntural que modifique el escenario político. Es entonces el debate, un momento clave;  puede ser un trampolín o una trampa de arena. 

Sin embargo, los debates en México han adoptado dinámicas tan rígidas y absurdas, que se convierten en monólogos, además la falta de preparación intelectual fácilmente es intercambiada por la memorización de ciertos temas previamente acordados junto con un curso de oratoria con olor a naftalina.

La confrontación de ideas queda en segundo plano, principalmente porque esa dinámica permite que cada candidato utilice una estrategia distinta, lo cual  genera para quien no desea debatir, una zona de confort que lejos de abonar a la ruta democrática, mediante el acceso de la ciudadanía a la obtención de manera directa y equitativa de elementos sustanciales para una mejor toma de decisiones; a un retroceso, al contar únicamente con los apologéticos spots  y entrevistas a modo, como recursos informativos para los ciudadanos que en su mayoría se informan mediante la televisión, y que es la mayoría de mexicanos.

Es así que las posibilidades reales de que un candidato sea exhibido dentro de una confrontación de ideas, son muy bajas ante ese blindaje, reinstaurándose la posición del intocable, la del destapado, el sucesor y el autoritarismo.

Insistir y justificar la negación, de un personaje, del partido que sea, a no debatir, no sólo con sus contendientes sino con la ciudadanía, ya sea en foros o en universidades, muestra la ceguera y comportamiento de aquellos mexicanos que se disputan el control, el poder, representado de muchas formas y que además, no se sabe qué hacer con él; se busca sólo llegar, ganar, y al lograrlo se observa al derrotado, no como mexicano, sino como contrincante, como vencido, en un letargo que impide caminar juntos.

De esa forma las elecciones más que procesos sociales que permitan hacer pausas para plantear y replantear el rumbo de una sociedad mediante la elección de distintos proyectos, se convierten en una banal competencia, en donde se montan escenarios que hacen creer que de verdad se disputa un rumbo y lo peor es que entre los contendientes, el menos preparado mediante campañas publicitarias, se oferta de forma inverosímil como alguien que puede sacar al país de ese letargo.   

A pesar de que en la actualidad hay más partidos políticos, alternancia en gran parte de los estados, las problemáticas sociales siguen siendo las mismas, debido a que los procesos electorales están alineados con los intereses de grupos, las contiendas son entre ellos pero necesitan de un público que legitime sus victorias y para lograrlo se valen principalmente de los medios de comunicación, sin embargo en la medida en que estos medios se abran y surjan nuevos, esa legitimidad influenciada pondrá al sujeto en un escenario distinto, que le permite dejar de ser sólo receptor para también ser emisor, o como algunos dicen, ciudadanos 2.0, que además observan un panorama que está lejos de aquellos escenarios impuestos, de aquellas pantallas de televisión.

Así que el debate de hoy, estará en los límites de lo observable por la televisión, difícilmente habrá un knockout o algo semejante, es un debate para el mismo público que se informa por televisión, por eso sus restricciones, por eso Peña Nieto acepta ir y por eso no va a los otros, los de las universidades o aquellos donde no existe el guion, los diseñados para quienes nos informamos por otros medios y lo queremos ver como es, más allá de actuaciones y de cápsulas protectoras.

2 comentarios:

  1. Julián: no seas cruel con los viejitos como yo. Te ruego que pongas un tipo de letra más grande...No alcanzo a leer el blanco sobre negro...y con ese tamaño, pues menos todavía...Si me puedes enviar el texto te quedaré muy agradecido. LUIS RODOLFO MORÁN QUIROZ

    ResponderEliminar
  2. Dr. Morán,una disculpa por el color. Le mandé el texto por correo. Saludos.

    ResponderEliminar