3 de julio de 2011

2 de Julio


Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo... del miedo al cambio
Octavio Paz.


Fue la primera vez que voté en una elección para presidente de México, sin embargo, sabía que no sólo se elegía una candidatura, también se jugaba la continuidad de un proyecto que había desaprovechado los índices de legitimidad del 2 de julio de 2000, para poder reformar aquellos problemas y conflictos que habían llevado a nuestro país a severas crisis sociales, económicas y políticas. Era momento de cambiar, si la sociedad había cambiado de partido político, también esperaba un cambio en el actuar del gobernante, es decir, un cambio de rumbo.


El país fue entregado al gobierno de transición, junto con enormes listas y agendas de complicaciones, se entregó un paciente enfermo. Uno de los virus fue la cultura política, la del fraude, corrupción, compadrazgo, nepotismo, corporativismo, influyentísimo y todo delito o acción que permitiera mantener al régimen posrevolucionario; que lograra el equilibrio de un sistema autoritario basado en la hegemonía de un partido oficial y principalmente del presidencialismo.

Este presidencialismo, evidentemente, permitía al presidente imponerse ante cualquier otro poder y además designar a su sucesor. Con este método, se había finalizado con los constantes asesinatos, golpes de Estado y dictaduras que marcaron el rumbo político del siglo XVIII y principios del siglo XIX de nuestro país. Es decir, tras el gobierno de Lázaro Cárdenas, los sexenios nacen y se convierten, como lo han llamado algunos historiadores, en una presidencia imperial.

De la siguiente manera, todo aquel que tuviera y expresara sus aspiraciones para contender por la Presidencia de la Republica y no fuera el designado por el presidente en turno, estaba destinado al fraude, en el mejor de los casos a competir con una profunda desventaja ante el candidato oficial, pero siempre, en riesgo la seguridad personal y de sus allegados.

Para ejemplificar algunos episodios del siglo pasado, se encuentra la elección de 1929 que documenta el fraude a José Vasconcelos, también en 1940 el fraude a Juan Andrew Almazán, en 1988 el fraude a Cuauhtémoc Cárdenas. Todos ellos fueron oposición a la candidatura oficial. Sin embargo, ese aparente lapso de democracia entre 1940 y 1980, no fue así, sino los años de mayor poder del régimen posrevolucionario, de aquella dictadura perfecta como acertadamente se ha definido. Para evidenciar lo anterior, menciono por ejemplo, la nula apertura democrática en la elección de 1976 en donde el candidato oficial, José López Portillo, de forma inverosímil no tuvo contendientes.

Retomando al paciente, esa cultura política permeó al gobierno de la alternancia ante la falta de un proyecto estructural, al ser una cuestión cultural, no era suficiente cambiar de color. Las víboras, tepocatas y las arañas se quedaron.

La coyuntura política, mostraba elementos que permitían impulsar reformas sustanciales, y en el peor de los casos, propiciar un clima político favorable para generar condiciones de cambio. Sin embargo, sólo quedó en los spots, de la campaña del candidato ganador. La voluntad era accesorio en su vestuario, la visión del personaje, fue un espejismo por lo árido de nuestro sistema político, deslumbró a unos más que a otros, pero a todos resplandeció la posibilidad de la alternancia e ingenuamente se pensó que la alternancia venía junto con una transición democrática o con la solución de esos problemas que nos mantienen en una situación constante de crisis, pero también es cierto, que setenta y cinco años del régimen posrevolucionario asfixiaban, y aquel o aquello que tuviera más posibilidades de propiciar una puerta de salida, tendría el inminente respaldo social.

Asimismo, la estructura política no se reestructuró, se movieron cabezas y otras permanecieron, se consolidaron aquellos poderes que por su naturaleza tendían a ser fácticos, muchos de ellos, apoyaron la candidatura de Vicente Fox, obligándolo a recompensar ese apoyo con estímulos fiscales, concesiones y todas aquellas facilidades que retribuyan económicamente al benefactor.


Es decir, por un lado se mantuvo la estructura y liderazgo de instituciones, sindicatos y organizaciones afines al PRI, en la mayoría de los casos pertenecientes a ese partido. Por otro lado, tomaron mayor fuerza aquellas empresas privadas que apoyaron la candidatura panista. Por último, la ineptitud del gobierno fortalecía dicho escenario. Dando como resultado un enroque en la cabeza de la estructura política del país, además de su debilitamiento antes los denominados poderes fácticos. Como diría el poeta José Emilio Pacheco: El que derrota al monstruo y ocupa su lugar se vuelve monstruo[1].

De esta manera, las condiciones para la elección de 2006 fueron particulares, se destaca el protagonismo e influencia que el sector empresarial tuvo antes, durante y después de la campaña política para desprestigiar al candidato del PRD, también las constantes intervenciones del gobierno federal que promovían el voto del candidato oficial, sin olvidar la documentada campaña de desafuero al candidato López Obrador, orquestada desde los pinos en contubernio con el líder del PAN Diego Fernández y por el ex presidente de México, Carlos Salinas.

La elección de 2006, se registra en la historia de los comicios, como una situación en donde decir que tal candidato ganó o que tal perdió, genera un inaplazable debate, donde cualquier posicionamiento se cuestiona y se pone en duda. De esta manera, un pensamiento colectivo generaliza la idea de una elección irregular, la primera del siglo XXI en nuestro país.

Es así que en mi primera elección se presentaban dos proyectos, en la esfera política electoral, de un lado la continuidad en la estructura política heredada por décadas pero pintada de otro color, con gran influencia de la clase empresarial y por el otro lado, un candidato de izquierda que había sido Jefe de Gobierno del Distrito Federal, en donde su trabajo y discurso lo posicionaron como el candidato de las grandes minorías, de los pobres decía él, sin embargo, también era visto como un obstáculo para los intereses de la estructura política y económica que se ha mantenido y ha sido heredada del PRI.

Los comicios de 2006, se presentaron en el marco de una campaña de desprestigio que polarizó a la sociedad, debido a que llamaba peligro para México a un candidato que de manera legitima y en virtud de las atribuciones que le confiere la ley, contendía de la misma manera, con los mismos requisitos y las mismas reglas que los demás, llamaban peligro para México a un candidato que había tenido el segundo mayor cargo de elección popular en nuestro país, es decir, aquella persona que no era un espontaneo se convirtió en un peligro y todo aquel que lo apoyara estaba apoyando un destino trágico.

En ese contexto acontecieron las elecciones, distinguidas por una sucia campaña mediática, que influenció y manipuló a millones de votantes, que tienen como único medio de información la televisión abierta, tomando cualquier contenido televisivo como verídico y sin poder contraponer los mensajes verticales de la televisión.

Esa polarización se desbordó el 2 de julio de 2006, las inconsistencias en el proceso electoral, la intromisión del gobierno federal, y la campaña negativa son también elementos que definen una elección. Además, el conteo de votos y registros compútales, presentó una curva atípica, un asombroso y estadísticamente improbable, registro de votos. La mancha del fraude pinto nuevamente la historia de México y el haiga sido como haiga sido se impuso.

La paradoja era que en campaña, acusaban al candidato del PRD de intentar implementar las prácticas priistas que llevaron a México a las crisis, siendo quien acusaba, el heredero de esas prácticas. Como he mencionado, los hilos del poder se han mantenido desde el PRI al actual gobierno, así que ese peligro que significaba el pasado priista, es el presente panista. Tan es así, que después de la elección se divulgaron videos en donde la lideresa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), impuesta por Carlos Salinas, se comunica con Eugenio Hernández gobernador de Tamaulipas y le pide que movilice el voto a favor del PAN. Lo anterior alimenta la idea de que el PRI y el PAN confluyen en un mismo fin de intereses.

Actualmente la polarización se mantiene viva, la izquierda política sigue siendo desprestigiada, y ante la fuerza de sus dos candidatos naturales para aspirar a las elecciones del 2012, se ha orquestado una constante campaña mediática en su contra. Por otro lado, aquellos que ante la falta de un proyecto de nación, de visión a largo plazo, de conciencia histórica, pero con el interés de mantener una estructura viciada, que les permita mantener sus intereses, vienen promoviendo la candidatura de un producto, con un disfraz de gobernador pero con un discurso y acciones de un candidato, es un personaje hecho a imagen y semejanza de los estándares publicitarios, es pues, un candidato en función de las leyes del mercado, para que represente y salvaguarde los intereses de un grupo político.

Hoy se cumplen once años de un hecho que parecía inimaginable, de una transición política que camina sobre la arena y sin rumbo, también se cumplen cinco años de la primera vez que voté, y casi los mismos de un país en guerra, con ciudades ingobernables, con un Ejecutivo Federal débil ante las circunstancias generadas por algo que pretende ser un proyecto y ante esta neblina, se vuelven a presentar los mismos proyectos que en el 2006, ahora con ligeros cambios, ya que en un nacional y propio olvido del pasado, el PRI se atreve a quitar paulatinamente la máscara que por miedo y por desprecio social se tuvo que poner, promoviendo y protegiendo los mismos intereses que impulsaron la candidatura de Felipe Calderón y asimismo se oponen a cualquier proyecto político que atenten contra el Status Quo, ese que nos ha mantenido en severas crisis por décadas.



















[1]Pacheco, JE. Poema: Dragones. En: El silencio de la luna (1985-1996).









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