6 de marzo de 2010

Nada altera el desastre*


México... país aturdido de promesas y decepciones, con un corazón muy grande, profunda nobleza; es el ombligo de la luna.

Cuenta la historia que en los primeros meses del año muchos mexicanos estaban esperanzados a que ocurriera un cambio, otros deseaban que todo permaneciera igual, mientras los últimos esperaban algún día dejar de esperar.

Los últimos eran los más cansados, llevaban más de 500 años de marginación, ellos no esperaban un cambio formal, sino un cambio tan profundo que pareciese un sueño y al despertar olvidar aquel día, en donde por vez primera, vieron montañas que se movían sobre el mar.

Su esperanza recaía en ellos, en sus recuerdos, sus leyendas, en ver reflejado su pasado en ese presente lejano y tan ajeno que llaman México.

Los esperanzados a que nada cambiara siempre fueron la mayoría, los más apáticos; muy pocas veces reflejaban decisión en su semblante, eran los que permitían directa e indirectamente el mismo rumbo, ellos aparentaban cansancio, hastío hacia los gobernantes, pero al final y sin darse cuenta terminaban cada seis años rendidos a otros pies.

Los que esperaban un cambio inmediato eran los que menos habían esperado y por eso muchos eran jóvenes. Otros jóvenes y también adultos esperaban ese cambio, a través, de un proceso cíclico, ellos veían con mayor rapidez un cambio, es decir, era cuestión de sentarse a esperar.

Los tres grupos tenían en común una cosa, y era la incertidumbre de que en verdad ocurriera ese proceso de cambio, transformación o evolución.

Los que no querían el cambio, lo aparentaban muy bien, en el fondo ellos deseaban esa transformación, pero no estaban dispuestos a esperanzarse, es decir, algunos de ellos también fueron del grupo que siempre han esperado; pero mediante un proceso coercitivo se fueron transformando en lo que ahora son. Comentaban que si algún día tendría que llegar ese cambio, éste ya se había tardado mucho.

Decían que no podían esperar más, y en muchos se escuchaba un tono conformista, tan legítimo que quien lo contradijera, en especial los más jóvenes, podrían ser tachados de ilusos, así que nadie sabía que decir.

Los jóvenes y adultos que esperaban un cambio rápido, sustentaban lo que decían mediante una repetición histórica, siendo los más avispados quienes trasladaban esas fechas a los acontecimientos actuales, de esa manera construían escenarios muy adversos o tan favorables que muy difícilmente se podían creer.

No todos los jóvenes creían en cambios inusitados, también estaban quienes veían una responsabilidad en su actuar, sus decisiones y sus acciones para llegar a ese cambio.
No tanto por sentir que sólo ellos podían lograrlo, sino por la fuerza que en los jóvenes existe, además de su intrínseca pasión por querer vivir.

Estos tres grupos de mexicanos no eran rígidos, si bien había un esquema marcado, también se podían encontrar jóvenes que no esperaban cambios, jóvenes ajenos a “México” o cualquier conjugación dentro de los tres grupos. Aún así, perfectamente se diferenciaban unos de otros.

Los que gobernaban, hablaban de reformas por y para ellos, de exaltación de ciertas partes de la historia para conmemorar los aniversarios, esto era, la promoción de los momentos de aparente construcción y estabilidad nacional. Se apoyaban de la mayoría de los mexicanos, sabiendo que para muchos, la historia nacional es una asignatura escolar más y no el progreso de la conciencia a la libertad, como dice Hegel.

Los meses fueron transcurriendo sin el cambio esperado, muchos lo comparaban con una sequía, la lluvia era la esperanza. Los que habían esperado desde hace siglos en la cola de la historia, veían en cada mes, en cada año que transcurría, sólo un segundo, después de tanto tiempo, unos meses se convertían en un parpadeo.

Los jóvenes empezaban a desesperarse, los que querían actuar no sabían de qué forma, unos esperaban cualquier coyuntura, otros que alguien llegara y también estaban los que no sabían por dónde empezar.

En esos meses, estaban optimistas los del grupo que no quieren un cambio, a ellos les agradaba decir que no pasaría nada, cada día era un día más de razón.

Constantemente faltaba la comida en ese país, las pocas energías se quemaban en buscar más comida. A muchos les llegó el pesimismo, sin darse cuenta, habían cruzado al bando de los conformistas, haciendo ese grupo cada vez más grande. Los que hablaban de la historia cíclica, empezaron a olvidar el año en el que estaban, muchos se marchaban a buscar esperanza en otro país.

Todo ese ímpetu de principio de año se convirtió en otra desilusión, era hora de bajar la cabeza y olvidar lo que pudo haber sido.

Algunos jóvenes quisieron participar mediante el activismo en las calles, llegando a diversos sectores de manera directa, también estuvieron los que intervinieron dentro de la política, había quienes usaron nuevas tecnologías para cortar distancias y organizarse.

Sin embargo, no sucedió ese cambio tan esperado. Se conmemoraron dos aniversarios en la historia de México, provocando un incremento en los precios de las artesanías, fotos históricas, tequila y el pulque. En las universidades hubo mayor demanda en las carreras socio-históricas, así como Francisco, Emiliano, Venustiano e Ignacio fueron nombres que se utilizaron constantemente en las filas del registro civil.

Al término del año, aislados conflictos sociales fueron confundidos por el Estado, diciendo que eran una deformación de los cárteles de México.

Por otro lado, llenaron las pantallas y los medios, de información cotidiana. El año terminó y al final se recordó que algo tuvo que pasar. El año se fue con lo que no llegó.

Hoy me encuentro escribiendo lo que pudiera ser. Como ésta, habrá muchas otras historias, diferentes grupos de mexicanos y escenarios muy distintos.

Los acontecimientos sin duda, serán experiencias originales; como fueran, las viviremos.

“Todo es presencia, todos los siglos son este presente”**




* De Los elementos de la noche (1958-1962).Nombre del poema: “Nada Altera el desastre”. José Emilio Pacheco.


**Del libro La estación violenta (1948-1957). Fragmento de: “Fuente”. Octavio Paz.





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